Raquel Enríquez G.

La realidad y los lazos de afecto entre las personas son más fuertes que cualquier discurso presidencial. Mientras las palabras del presidente norteamericano se empeñan en ensanchar la frontera, las relaciones familiares, de amistad y de negocios la reducen y disuelven.

A pesar de que el Departamento de Estado recomienda no viajar a México y categoriza a cinco estados de este país como especialmente peligrosos (Tamaulipas, Sinaloa, Colima, Michoacán y Guerrero), 39 millones de turistas, las mayoría procedentes de los Estados Unidos y Canadá, visitaron México durante 2017.

Además, México es el segundo país del mundo en turismo médico, pues ofrece atención médica de calidad con costos mucho menores que en los Estados Unidos.

Pero el discurso antimexicano tampoco logra disuadir a los visitantes de este país. Casi diez millones de mexicanos vacacionan en los Estados Unidos, y varios miles de ellos pasearon por el muro fronterizo, que ahora se ha convertido en una atracción turística.

Además de la amistad, la curiosidad y el ocio, los dos países están unidos por poderosos vínculos familiares. Así lo atestiguan los más de 28 mil millones de dólares que los trabajadores mexicanos enviaron a sus familias desde los Estados Unidos.

Mientras los mexicanos buscan las fuentes de empleo al norte de la frontera, los norteamericanos demandan cada vez más productos y servicios procedentes de su vecino del sur. Los productos mexicanos que EUA importó durante 2017, alcanzaron los 314 mil 045 millones de dólares, de acuerdo con el informe del Departamento de Comercio.

México ama la música, el cine y los autos que se fabrican en los Estados Unidos; mientras los norteamericanos aman el colorido, los paisajes, las materias primas y hasta los automóviles de diseño americano que se construyen en México.

Por si fuera poco, uno de cada seis matrimonios norteamericanos es interracial, y entre ellos, la unión más frecuente es entre descendientes de europeos y mexicanos.

A México y Estados Unidos, les une un amor profundo y variado. Aquél que los antiguos griegos relacionaban con una de las diosas más misteriosas, antiguas y poderosas de su panteón: Afrodita.

Contra lo que suele creerse, Afrodita no representaba al amor erótico (esa era especialidad de su hijo Eros), sino el amor en sus expresiones más complejas y profundas: Storgé, Philia y Ágape.

Storgé es la lealtad, el compromiso y la unidad que se da en un matrimonio, una familia o los integrantes de una nación. Philia es la búsqueda del bien a través de la solidaridad, la compasión y el interés en el prójimo. Ágape es la forma más elevada de amor, pues representa la devoción hacia una deidad o hacia la humanidad.

Tales son los vínculos entre dos naciones unidas por la historia, la geografía y el amor entre sus habitantes. La lealtad familiar, la confianza en los negocios, el interés por el bien de quienes buscan un empleo en Estados Unidos o un clima benévolo en México; la solidaridad entre dos naciones que enfrentan el desafío de salvaguardar los valores occidentales de libertad, esfuerzo y racionalidad.

La Diosa Afrodita era acompañada por un séquito de diosas llamadas Gracias o Cárites: Aglaya, Eufrosine y Talía eran las diosas del encanto, la belleza, la creatividad y la fertilidad.

Nada más alejado del amor efímero, sensual y caprichoso que representaba Eros. Las Cárites personificaban virtudes necesarias para que una persona fuera grata, por su gentileza, caridad y honestidad en los negocios. También representaban al ingenio creativo, el esfuerzo y el ciclo de fertilidad de la tierra. El culto a Afrodita formaba parte de un conjunto de misterios en los que también estaba el culto a Deméter, Diosa de la Agricultura.

El culto a la fertilidad tomó en Roma la forma de fiestas Lupercales (o Lupercalia), que se realizaban en febrero y servían, además, como rito de paso de la infancia hacia la juventud.

También en Roma, un emperador prohibió que los soldados se casaran, para que dedicaran todo su tiempo y energía a la defensa del imperio. El médico y obispo cristiano, llamado Valentín, desobedeció esta prohibición y casó a numerosos soldados con jóvenes romanas. Esta desobediencia le costó la decapitación, pero le valió ser recordado como el patrono de los enamorados. Actualmente sólo los historiadores recuerdan al emperador Claudio Gótico, pero todos recuerdan a San Valentín y llaman a febrero el mes del amor. En Roma, la realidad y el amor se impusieron frente al discurso y la voluntad de un gobernante.

El amor, en sus diferentes expresiones Storgé, Philia, Ágape (incluso Eros) es más duradero que cualquier gobernante y más grande que cualquier frontera.

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Raquel Enríquez 

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